Aspectos históricos de
la corrupción en Latinoamérica
“La
costumbre es una segunda naturaleza que destruye la primera.” (Pascal)
Esta
frase vale también para el fenómeno de la corrupción en Latinoamérica. FERNANDO ESCALANTE GONZALO analizó
el “vicio triunfante” en su libro “Ciudadanos imaginarios” (México 1995)
del cual sacamos algunos aspectos en lo siguiente lo que puede ayudar a entender
el marco histórico de la corrupción en el continente.
1.
El Hecho
Es una
experiencia eterna que toda la gente debe reconocer como una regla de la vida :
El poder produce dinero y el dinero produce poder. Es como una regla que hay
que cumplir. La prepotencia de los hechos afirma esta regla, ya desde los
regímenes de la corona española y sus virreyes. Son sistemas muy tradicionales
que sostienen la corrupción, todo el sistema de la parentela, de los
padrinos : colocar a los amigos y parientes en lugares de influencia
política y económica y estimularlos que sigan la misma línea de conducta con
sus amigos y subordinados. Por medio de los partidos se encubre y ampara los
sistemas corruptos. Lógicamente todo confluye en una red de alianza entre
propietarios, autoridad política, fuerzas
armadas, poder de justicia y medios de comunicación. La corrupción
mantiene el orden político porque la política es la clave de incontables
negocios mercados políticamente estructurados.
Hasta que la corrupción movilice una economía estancada.
El cambio
se hace inconscientemente, por irrespetuosidad en los de abajo o por falta de
convicciones en los de arriba. Esto se agrieta porque se descompone. La
estructura básica de la política es la reciprocidad. No hay firmes compromisos
ideológicos, ni virtudes republicanas o un “orden moral” ; hay
transacciones, formas muy peculiares de intercambio, premios y sobornos, y
compromisos y componendas. La
intransigencia no significa una virtud ;
más bien la gestión eficaz de los intereses de cualquier red de
lealtades depende de la prudencia, mucho más que de la integridad, a veces es muy mesurada y responsable. Aunque una
consideración poco popular : la reciprocidad garantiza la estabilidad por
su red de orden ilegal particular.
Son los
principios acreedores, los privilegios irregulares, concesiones discretas, permisos
y adjudicaciones especiales, el manejo y la supresión de información, la
confusión intencionada, todo espacio de un margen de acción fuera de la
Ley : sirve para garantizar el
funcionamiento de la corrupción como una institución.
Como
instancia importantísima en este juego se presenta el predominio de los intermediarios
locales. Dan lealtad y reciben una impunidad habitual. En este sistema de
reciprocidad se encargan del
funcionamiento de la corrupción : negocian favores e intercambios,
encubren y disimulan, ayudan a los amigos y echan miramentos legales
escrupulosos a los adversarios, procuran una numerosa clientela. Cualquier
favor o tráfico menudo alienta a los
funcionarios en el aparato de la administración pública : y así la
administración funciona con mutua satisfacción. Con la maquinaria de complacer
a gente de influencia y electores se suele fabricar y ganar elecciones.
Con estos
manejos el sistema de corrupción desangra y enflaquece la cuenta pública y
fomenta vicios dañinos a la sociedad, pero no hay instituciones de control
ajenas a esta realidad de relaciones o más bien ya están integradas o de buena
gana o amenazadas por el sistema de corrupción. La pereza e indolencia amplia
de la población, el miedo de denunciar y el propio interés de participar y
aprovechar admite muchas oportunidades. Si de verdad se presentan funcionarios
que no se dejan corromper no reciben respaldo y se les quita el poder. Además,
acusaciones de corrupción son los armas más bienvenidas contra enemigos dentro del mismo sistema y se puede lanzarlos
a ciegas porque siempre se encuentra algo.
En
Barrancabermeja existe cierta tradición de reclamo y protesta cuando las
personas sienten que no se les tiene en cuenta, lo que promueve un poco de
disponibilidad de denunciar.
La
corrupción es una institución, un factor de la vida. Por esto tiene su derecho
tradicional y el que no le da está equivocado y molesta. No se cree a una
persona verdaderamente sana. La honradez es algo abstracto, no es sensata. La
lealtad hacia al Estado es algo extraño, porque ¿cual Estado ? Hasta una
protesta contra la injusticia y las arbitrariedades del mismo Estado sirve de
razón para una acción de corrupción. El
ejemplo más significativo, en el cual casi toda la sociedad participa, es el
contrabando, ya sea privado ya sea organizado en las redes de San Andresitos.
Además,
en la organización popular rige la costumbre de que la gente quiere recostarse
en alguna persona que se presta para
ejecutar una obra y acepta como un pacto no expresado que aquella persona se
aproveche del proyecto sacando su tajada.
2.
Entendimiento desde la Historia
El Estado
colonial era, desde su constitución, un aparato de mediación entre cuerpos con
privilegios particulares, entre potestades eclesiásticas y civiles, entre
culturas e identidades distintas. El reconocimiento jurídico de las diferencias
con una extensa y compleja burocracia garantizaba la unidad política.
Ese
complicado aparato jurídico, político y administrativo de mediación fue
destituido con la independencia. El nuevo Estado, débil, disputado y concebido
por las élites como un representante de ellas mismas, no podía asumir el papel
mediador del Estado colonial. La constitución de un Estado moderno no estaba en
el interés de nadie, salvo en el de una parte de la clase política. Los pueblos,
los hacendados, los militares, buscaban su espacio en alguna otra parte, en un
orden que mantuviera sus privilegios y aumentara su capacidad para obrar.
Hacían su política en contra del Estado en lo que éste tenía de orden cívico,
liberal o democrático. A los caudillos regionales mal podía sometérseles a un
orden institucional rígido. Tenían su propio orden ajeno y enemigo de la
institución estatal y de las autoridades formales.
Seguían
las necesidades de mediación, pero no en el sentido de ordenar formalmente los
conflictos, sino intervenciones espontáneas al margen del orden jurídico. La
capacidad de los nuevos intermediarios eran atributos personales, y la
autoridad del estado era sólo un instrumento más o menos útil, no el eje de la
organización de la vida política. La obediencia se compraba, porque no podía
imponerse, y los intermediarios negociaban las condiciones que fueran
suficientes para su red, bien con gestiones amistosas o bien con amenazas, conspiraciones y pronunciamientos. Hasta los
comandantes militares negociaron su “obediencia” ( controlar el descontento
rural, apaciguar una rebeldía) o desobediencia ( incitar el descontento,
rebelarse ellos mismos). La política era un negocio complejo y arriesgado.
La
necesidad de los intermediarios
Los
“notables” locales desarrollaron redes familiares muy sólidas que trenzaban el
comercio con la minería, con el poder militar, con la propiedad de la tierra
... Este orden de hacer política con sus propias lealtades locales y relaciones
clientelistas, sus propias elecciones
locales, el control de los recursos fiscales, sus milicias locales, sus propias
aduanas, recogía y transformaba la tradición política hispánica.
Esto no
es un “residuo” del orden colonial sino la organización de un nuevo tipo de dominio
ante la crisis e inoperancia del Estado. La lógica de este orden convertía a
los hombres fuertes locales en intermediarios que imponen al Estado
condiciones. Se vuelven intermediarios parasitarios entre el ciudadano y el
Estado, parasitarios pero por largos periodos históricos necesarios. Sus
virtudes no eran ni la lealtad ni el respeto de la Ley, sino la prudencia, la
experticia local y el sentido de la oportunidad. También tenían cierto
monopolio de la fuerza y la violencia. Porque muchos hombres eminentes,
ministros, congresistas se hacían representar por matones, por hombres sin
educación ninguna, analfabetas, turbulentos y dañinos. Pero no era posible otra
cosa.
Resulta
la extrañeza y casi mágica del rumbo de la política nacional : porque dependía
de los caciques que definían para estar en paz o para levantarse en armas.
También definían la rutina de la vida política porque los peones y los
afiliados al partido votaron por aquellos que mejor sabían gestionar sus
intereses particulares.
Un
Estado débil y la Impunidad
El mando
político del Estado guardaba cierta
coherencia a nivel de burocracia, pero no tenía el control ni siguiera la
coordinación del conjunto de las funciones políticas, sólo servía como
instrumento para consolidar las redes locales y para darles legitimidad. No
existe el público sino una trama conflictiva de cuerpos y comunidades, de señores
y caciques. Con el Estado siempre en bancarrota, más bien una pretensión quimérica,
reforzada por la fugacidad de los gobiernos,
cada funcionario, cada jefe militar, cada gobernador buscaba el dinero
donde lo hubiese.. El Estado abastecía a los intermediarios de puestos y
empleos, de dinero, de privilegios, de leyes también, que le permitía negociar la desobediencia de su red.
Así se
reconstituyó el Estado : por el reconocimiento formal del mando de uno u
otro, de los intereses de un grupo o del contrario, el Estado hacía posible
solucionar los conflictos entre clientelas. La Ley no obliga ni al Estado ni a
los ciudadanos pero sirve, en particular contra los enemigos.
El
resultado era una mecánica muy previsible que hacía depender la estabilidad de
cada gobierno de su capacidad para negociar el orden. Esta mecánica hace a
veces de un gobierno un rehén de los poderes regionales y locales. Este orden
era un resultado de un pacto anterior y mucho mas sólido que su fórmula
constitucional. Podía pasarse por encima de la Ley, con un riesgo aceptable
pero no podía pasarse por encima de los intermediarios.
Por la
debilidad fatal del Estado no es practicable cumplirse los decretos al pie de
la letra. Las transacciones con los intermediarios neutralizaban al Estado como
aparato jurídico sobre todo porque hace imposible la regulación de las sanciones. Sí, hay normas que regulan
la fuerza. Sólo que son normas informales, dictadas por la prudencia y el
cálculo, por compromisos de reciprocidad. Aquello no es el caos ; no es
que no hubiera autoridad política, sino que sus instituciones no se conforman
con las hipótesis jurídicas de las constituciones. La mecánica de la
reciprocidad puede resultar desagradable para una conciencia recta o para una
concepción doctrinaria del Estado, pero es muy eficaz. La Iglesia, como el
ejército, como los pueblos, las autoridades locales y estatales, los
comerciantes y los agiotistas, todos ingresaban a esa política de la
reciprocidad. No es un mercado, aunque lo parezca ; el sentido elemental
de intercambio político es definir una
relación entre desiguales y sus vínculos de obligación recíproca.